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Todos señalan a Chris Moneymaker como el hombre que lo cambió todo. El apellido de esta moderna Cenicienta no es un seudónimo, sino un anticipo del destino.
Moneymaker “demostró” que con algo de suerte cualquiera puede hacer de su cuenta algo no tan corriente. Este antiguo contable de Atlanta, nacido hace 32 años, se ganó el derecho a participar en las Series Mundiales de 2003 tras imponerse en un torneo de internet cuya inscripción costaba 39 dólares. En su primera competición en vivo, el “fabricante de dinero” se llevó dos millones y medio de dólares y dio de comer faroles memorables a los mejores profesionales. Humberto Brenes, el hispano más laureado junto al español Carlos Mortensen, fue una de sus víctimas: “Tal vez fuera bueno que me ganara aquella mano”, admite el costarricense, “porque gracias a él el póquer da ahora mucho más dinero. Le he sacado provecho a eso”.
En la PokerStars Caribbean Adventure (PCA), celebrada en las Bahamas en la primera quincena de enero, también con más de dos millones de dólares para el primero (y con Boris Becker de testigo), sentarse junto a Moneymaker era sentirse como un pececito en una piscina infestada de tiburones. Como sentencia Matt Damon en la película “Rounders”, “si en media hora no puedes detectar al primo de la mesa, entonces es que el primo eres tú”.
Gafas de sol, iPod y gorra
El perfil del profesional, no obstante, ha sufrido una cirugía brutal en la última década, no digamos desde los tiempos de “El jugador” que con tanto conocimiento retrató Dostoyevski. Ahora “cualquiera” (de nuevo la palabra mágica) tiene derecho a enseñar los dientes, respaldado o no por las mejores cartas. Se ha impuesto la moda de las gafas de sol, gorras y capuchas de diverso pelaje, además del imprescindible reproductor de música. La posibilidad de jugar en internet más horas de las que tiene el día ha criado una generación de profesionales casi adolescentes, con más facilidad para los números que para las relaciones sociales. En su mayoría desdeñan el tradicional ambiente de whisky, copa (no siempre con p) y puro, y se toman el juego como una profesión cercana a las ciencias o el ajedrez, pero con más dinero sobre el mostrador.
El español Raúl Mestre, uno de los mejores del mundo con un ratón de por medio, ha instalado cuatro pantallas en su ordenador para jugar con comodidad en una docena de mesas a la vez. Él es de los que piensan que, salvo por el placer intangible de tocar el tapete y vivir otras sensaciones, no tiene sentido jugar en vivo porque “el dinero está en internet”. En la red se pueden jugar muchísimas más manos a la hora y. además, seleccionar antes las mesas en busca de “donantes”. La falta de espíritu ludópata de Mestre lo delata al confesar que, una vez eliminado del torneo, no piensa ni asomarse por las mesas de juego: “Yo aquí vengo por hobby. Ya trabajo bastante en casa”. Su actitud contrasta con la de los obsesos que deambulan con sus portátiles a todas horas por los pasillos del hotel, allá donde la conexión inalámbrica es mejor.
Los tiempos de las tres P
Humberto Brenes confiesa que él sí ha vivido el tiempo de las tres P, “parranda, póquer y putas, además de los tramposos”, pero asegura que es cosa del pasado. “El juego se ha vuelto más legal y abierto, todo está reglamentado y hay muchos mecanismos para evitar las trampas”, diagnostica.
El ganador de la PCA en las Bahamas, el francés Bertrand Gospellier, alias “ElkY”, era un profesional del videojuego de estrategia StarCraft, algo que, aunque parezca increíble, es posible en Corea. Hace siete años empezó a aplicar sus habilidades en el póquer y, con el estilo agresivo característico de la red, ha demostrado que las mesas en vivo tampoco se le resisten. Sólo en los torneos del European Poker Tour ha ganado más de cuatro millones. Cuando un rival dice de él que es “un bastardo sin alma” nadie pone en duda que lo está elogiando.
Cinco de sus siete rivales en la mesa final procedían de internet, auténtica fábrica de profesionales, donde un jugador puede deducir pautas de comportamiento pero no leer los “cantes” o tells de sus contrincantes. El único finalista veterano, más avezado en la lucha psicológica, era el estadounidense de origen vietnamita David Pham. “El Dragón” fue uno de los 46 supervivientes, de 145 pasajeros, que llegaron a las costas del sueño americano hace ahora 24 años, cuando él tenía sólo 17. Una vez allí aprendió el juego de un primo suyo que tenía un negocio de limpieza y ya se había labrado cierta reputación en Las Vegas. Dos brazaletes de las Series Mundiales demuestran que no sólo es un hombre con suerte.
El circuito es un mundo por lo general masculino, aunque la noruega Annette Obrestad, de 19 años, dio la campanada al ganar las Series Mundiales (WSOP, por sus siglas en inglés) la primera vez que éstas salían de Las Vegas. Fue en Londres, el pasado mes de septiembre. En internet ya era temida bajo el pseudónimo de “Annette_15″.
La espectacular Vanessa Rousso, la primera mujer que llegó a una mesa final de las WSOP, no cree que sea un mundo machista, aunque confiesa que en sus comienzos se aprovechaba de su aspecto: “Al ver a una mujer se relajaban. Además, casi siempre pensaban: rubia y joven, tiene que ser estúpida y sin experiencia. No creían que fuera capaz de realizar jugadas complejas. Duró un tiempo, pero en cuanto empecé a salir en televisión aquella ventaja se esfumó”. Rousso, de padre francés y madre americana, siempre ha sido la primera de su clase. Graduada en Económicas y estudiante de Derecho, su tercer idioma es el español. Reconoce que al principio sus padres se sintieron un poco decepcionados al ver que una estudiante tan brillante se dedicaba al póquer, pero pronto vieron que su hija era una estrella y empezaron a aceptarlo. Está comprometida con otro jugador profesional, Chad Brown. Ni se imagina cómo hacen otros para mantener una familia.
España, pocos y mal avenidos
En España, los jugadores son pocos y por lo general mal avenidos, divididos entre los presenciales y los “virtuales”, pero ya hay figuras en ambas especialidades. La gran estrella es Carlos Mortensen, quien, apadrinado por Gonzalo García Pelayo (patriarca de un grupo de jugadores que en los noventa sembró el pánico en los casinos), ganó el Mundial en Las Vegas hace siete años.
En los torneos por internet causa furor Juan Maceiras, médico y alcalde de Miño también conocido como “Vietcong”. Él no juega con dinero, sino que participa en torneos cuya inscripción a menudo es inferior a diez euros. En muy poco tiempo ha ganado cientos de miles en las competiciones más importantes y es una figura mundial, con un estilo de juego que ni él mismo sabe (o quiere) explicar. No falta quien asegura que no tiene ni idea de póquer. Sus defensores (entre los cuales destacan sus hijos María y Juan, quienes también están entre los mejores de España) aducen que la casualidad no puede explicar todo lo que ha ganado; sería como llevarse el premio gordo de la lotería varias semanas seguidas. Alguien escribió de ellos: “Un día los Maceiras traen al perro y nos gana”. “Vietcong” ve el póquer como un juego de estrategia, “como el ajedrez o el monopoly”. Quizá sea su mayor ventaja.
El lado oscuro del juego
Viendo jugar a los profesionales parece que ganan un dinero muy sencillo, pero también es verdad que se entregan en maratonianas jornadas de diez, doce o incluso más de catorce horas diarias. El periodista de televisión Juan Manuel Pastor acabó en las Bahamas con la voz arrasada tras más de diez horas de retransmisión en directo. El hombre recurría a quien podía para que le echara un capote con los comentarios, aunque no siempre tenía un experto a mano. Los jugadores lo tienen más fácil: reciben masajes incluso durante las partidas. Las chicas encargadas de aplicarlos trabajan para la empresa “Las mejores manos”, de apropiadísimo nombre. Otra forma de relajarse es hablar entre ellos (Negreanu es un showman), aunque sólo pueden hacerlo en inglés, por mucho que en la mesa haya tres españoles o cuatro suecos.
Tampoco faltan los juguetes rotos, ganadores de torneos que se dejan el botín en una noche de casino, gamblers empedernidos que se juegan algo más que la camisa. La familia Brenes juega desde hace generaciones. Mientras Humberto sufría en las mesas de la PCA, sus dos hijos, de 18 y 20 años, “saqueaban” a sus rivales en cuanto torneo paralelo se inscribían. El padre tiene muy claro que primero está la Universidad y luego “que hagan lo que quieran”. Ellos aseguran que sólo es una forma de divertirse y conseguir algún dinero extra. Humberto no deja de machacarlos con sus consejos: “Sólo un grupo pequeño y privilegiado puede vivir de esto. En el póquer el azar no existe”.
El costarricense sabe de lo que habla. Empresario de enorme éxito (café, frutos secos, hoteles y hasta la televisión han sido sus terrenos de juego favoritos), nunca ha arriesgado el patrimonio familiar, que por otro lado ha incrementado gracias al póquer. “Hay que tener mucho cuidado”, aconseja una y otra vez, “porque algunos se juegan hasta lo que no tienen”. A la hora de la verdad, en una mano concreta, la suerte es fundamental. Es lo más atractivo, y peligroso, de este juego.
el Sunday, 27 de enero de 2008 a las 16:44 y está clasificada bajo: Artículos.
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